Sí, habéis leído bien: síncope, y no síncopa (como cabría esperar al hablar de un concierto de jazz en Jazzazza). Síncope..., es decir, "pérdida del conocimiento, con laxitud general, debido a la insuficiente irrigación sanguínea de los centros nerviosos vitales". Es lo que
me aconteció en Jazzazza el pasado 22 de diciembre inmediatamente después de la actuación de
Bernard van Rossum junto a
Smart Set Trío.
Un concierto realmente impecable, con un cuarteto de músicos en completo estado de gracia (entre los que brilló con elegante derroche de expresividad el pianista Javier Bermejo) y con el que el emblemático local dirigido por Jota clausuró esplendorosamente la temporada jazzística de 2010. Sólo siento que en su memoria, en la de los músicos y en la de los aficionados, una noche musical tan verdadera vaya unida al recuerdo de un susto tan morrocotudo.
La sesión, como digo, fue magnífica; la interpretación y la dinámica, excepcionales; el sonido (conducido por Alberto Belando), inmejorable. El joven saxofonista holandés, sólidamente custodiado por el curtido trío murciano-alicantino, ofreció un recital inolvidable a base de temas propios (de cuyos títulos sólo recuerdo "Denton", que podéis escuchar en
su MySpace) y ajenos ("Moment's notice", "Speak low", "Out of nowhere", "Like someone in love"...). Ni que decir tiene que el público mantuvo en todo momento un respeto, una atención y un silencio absolutos.
Os cuento brevemente lo que ocurrió a continuación. Después del concierto estuve un buen rato hablando con los músicos y los amigos hasta encontrarme con el saxofonista Patxi Valverde junto a la barra del bar. En un momento dado, Patxi me pidió que apuntara su nuevo número de móvil; tras hacerlo, recordé que aún llevaba en la cámara unas fotos que le hice antes del verano y me dispuse a enseñárselas. Dejé pasar las imágenes a toda velocidad para encontrarlas lo antes posible. Fue entonces cuando dije: "Me estoy mareando, Patxi". Y ahí desconecté. Me desperté en el suelo, aturdido pero sereno y, tras enterarme poco a poco de lo sucedido, me informaron de que me había hecho una brecha en la cabeza. Pobres. Todos me miraban con rostros de preocupación. Creían que había sufrido poco menos que un infarto o un derrame cerebral. Y el impacto contra el suelo había sido tremendo. Pero yo estaba en la gloria... Lo cierto es que si en ese momento me voy al otro barrio, ni me entero. Aunque, pensándolo bien..., ¿qué mejor final podría desear un músico de jazz murciano que palmarla plácidamente en un local de jazz como Jazzazza? Qué coherencia, qué justicia del destino..., je, je.
En fin, no voy a seguir desvelando intimidades. La verdad es que he aprendido mucho con la experiencia. Y he redescubierto lo mucho que me estiman la familia, los amigos y los compañeros de Zarangojazz. Para mí hay ya un antes y un después de este síncope.
Respecto a la herida en la cabeza, ni siquiera me dieron puntos; y análisis posteriores de todo tipo demuestran que me encuentro perfectamente. Todo indica que un súbito pinzamiento de las vértebras cervicales provocó un cortocircuito; ciertamente, mi esqueleto tiene ya una edad, y en los últimos años he venido notando que se me duermen con frecuencia las extremidades y diferentes molestias en el cuello. El estrés también tiene mucho que ver con todo esto. Ahora me toca cuidarme y apuntarme a natación.
¿Pero cómo? ¿Que ya estamos en 2011? ¡Y yo sin enterarme! Será gracias al síncope.
¡Salud y Jazz!