Las ilustraciones y el diseño de cubierta e interiores son de Ana Golobart.Tras varios meses de expectación y alguno más de espera, hace una semana recibí, por fin,
Wicca (
Fresh Sound New Talent, FSNT 309), el anhelado primer álbum de
Jordi Rossy como pianista y el primero también liderando un grupo, el
Jordi Rossy Trío, junto a
Albert Sanz al órgano Hammond y
R. J. Miller a la batería. Llevo, pues, siete días escuchándolo en cuanto tengo ocasión (en casa, en el coche, en el ordenador) y siento ya sus temas impresos en mi ADN como si estuvieran ahí desde siempre.
Yo ya había escuchado a Jordi al piano con el
Félix Rossy Quinteto y el
Alfons Enjuanes Quartet, incluso conocía alguna que otra composición suya, pero necesitaba un trabajo como
Wicca para tener más conocimiento de causa y valorar su verdadera dimensión como compositor y como pianista.
De entrada, me gusta este
Jordi Rossy Trío por cómo suenan, cómo empastan los instrumentos, cómo se compenetran y asumen su función los músicos que lo integran. En ese sentido,
Wicca es un trabajo sabio y altruista, pleno de equilibrio y de saber hacer; un trabajo que hará historia y ennoblecerá para siempre la biografía de los músicos que lo han hecho posible.
Para mí es una formación casi inaudita. El único precedente que conozco lo tengo aún reciente: el magnífico trío del baterista
Bill Stewart, con
Larry Goldings al Hammond y
Kevin Hays al piano y al Fender Rhodes, que en marzo del año pasado actuaron en San Javier en el marco del
VII Ciclo de Músicas del Alma; pero, sinceramente, no recuerdo ninguna otra formación así; aunque a mí, la verdad, aparte de
Bach y
Handel, a la hora de hablar de organistas que no me saquen de
Lou Bennett,
Jimmy Smith o
Baby Face Willette, o a lo sumo de algunas composiciones de
Carla Bley. He oído muchas y excelentes grabaciones en las que el sonido Hammond y la guitarra eléctrica casan de maravilla (el propio
Albert Sanz forma parte, junto al baterista
David Xirgú, del
Jordi Matas Organic Trío), pero estoy por decir que prefiero la alianza del Hammond con el piano; ambos instrumentos armonizan a la perfección en mis oídos y destilan en mi mente altas dosis de concordia, sosiego e intemporalidad: el piano, con ese aire clásico, culto, solemne, del que carece la guitarra eléctrica, y el Hammond con esa atmósfera litúrgica, volátil, espiritual, como de interior de vieja iglesia o antiguo cinematógrafo.
Pero luego están los músicos, con su forma de interpretar e interactuar, y sus composiciones, espejos en los que al fin todo se refleja. En
Wicca sobresalen desde las primeras notas la autenticidad, la honestidad y la finura de
Jordi Rossy –un músico libre, virtuoso, creativo y emprendedor– y su inmensa complicidad con
Albert Sanz, quien, recordemos, es también pianista, compositor e incluso, en ocasiones, un avezado baterista. Ambos dialogan, acometen las melodías y los solos o se dan la vez con mesura y elegancia sumas.
De los cinco temas compuestos por
Jordi Rossy (
Metamorfosis y
Loving Tone son de
Albert Sanz),
Sexy Time y
Moose Love son los que he hecho más míos. En
Sexy Time palpita en un rincón, osada y cálida, la bossa; y
Moose Love es un vals lento y melódico, exquisitamente sencillo, tierno y profundo a la vez. En ambos temas se tiene la impresión de que el ritmo y la melodía nacen solos, con total espontaneidad, claros como los sentimientos o las emociones que los inspiraron.
Rítmica, melódica y armónicamente,
Wicca y
El Bardo son temas hermanos, con un marcado acento épico. En
Wicca colaboran un espléndido y curtido
Félix Rossy a la trompeta (no olvidemos que Félix es hijo de Jordi y debe rondar los catorce años) y
Enrique Oliver al saxo tenor, que brilla especialmente en este tema con un sobrio y sugestivo solo.
Tainos es más intangible, más misterioso, más minimalista; da la impresión de que comienza en medio de un solo de un tema de estructura, armonía y melodía inciertas.
Si tuviera que llevarme a una isla uno de los dos temas de
Albert Sanz, me quedaría con el exquisito
Loving Tone, un evocador y delicado tema que funcionaría de perlas como banda sonora de una buena película de cine mudo; en él,
Jordi Rossy vuela definitivamente alto, ancho y largo con el piano.
Por cierto, la labor de
R. J. Miller a lo largo de todo el álbum es tan precisa, discreta y apacible que casi olvido mencionarla.
En muchos aspectos,
Wicca me ha evocado aquel jazz limpio y melódico, tan lírico, tan lleno de emociones y matices (e insisto, tan cinematográfico) que en los años 50 y 60 hacían músicos como
Lee Morgan,
Grant Green,
Duke Pearson o
Joe Henderson...
Pero, en el fondo, lo que más me ilusiona es que
Wicca es el viaje iniciático de una aventura mágica que no ha hecho más que comenzar.
Enhorabuena, Jordi.
Y ahí van, como recuerdo, unas cuantas fotografías (bastante malas y peor escaneadas) que les hice al padre y al hijo junto al baterista
Miguel Ángel Orengo y el contrabajista
Tiziano Garoffolo el 28 de diciembre de 2005 en
La Muralla. Si queréis saber más sobre aquel fantástico bolo, leed mi entrada del 14 de febrero de 2007 titulada
¡Qué Noche la de Aquel Día!
