martes, 25 de septiembre de 2007

Prisca Dávila, frescura criolla


Fotografía: Miguel Ángel Urbano

Acabo de descubrir (ignorante de mí) a Prisca Dávila.

Pero ya no la perderé de vista, porque, por lo que se ve (http://www.prisca.com.ve/), está haciendo historia. Su formación es sólida; su trayectoria, impecable; sus posibilidades, infinitas.

Hace un jazz muy arraigado a la música popular venezolana, tan estrechamente unida a la danza.

Este tema, Pikirillo, compuesto al alimón por ella y por su padre, Eduardo Dávila, es un joropo.


[Prisca Dávila, piano y voz; Eduardo Dávila, flauta travesera; Rodner Padilla, bajo eléctrico; Roberto Koch, contrabajo; Gerardo López, batería; Alexander Livinalli, percusión; William Sigismondi, Bárbara Frometa y Eduardo Dávila, coros.]

sábado, 15 de septiembre de 2007

Yo también estuve en el Lemon Pop


Astrud

No sólo de jazz vive el hombre. Todos los años procuro pasarme por el Lemon Pop alguna que otra noche para conocer, descubrir, curiosear, ponerme al día escuchando a grupos jóvenes (y no tan jóvenes), tomarme una copa y encontrarme con algún amigo.


Vasos de tubo de plástico boca abajo

Además de una aceptación y una capacidad de convocatoria considerables, el mundo del pop tiene mucho en común con el mundo del jazz. Por eso ambos tienden tanto a intercomunicarse melódica, armónica y rítmicamente. En los ríos de sus respectivas geografías (que le pregunten, si no, a Diego A. Manrique) el trasvase mutuo es caudaloso. Y el público que acude a los conciertos suele ser pacífico, educado, entendido y muy heterogéneo.

Instante en que me percaté de la presencia del Sr. Espejo



El Sr. Espejo


"A lo mejor, estos que están tocando ahora son los buenos".

Esta frase del poeta José Daniel Espejo define a grandes rasgos la actual altura del listón del Lemon Pop Festival 2007.

Buen público. Buen ambiente. Puesta en escena correcta. Nivel de calidad de grupos, sonorización y organización bastante irregulares.

Lo mejor de lo que escuché en las noches del viernes 14 y del sábado 15 fue Maika Makovski, sin ninguna duda. Simpatía, garra, saber estar y profesionalidad. Naturalidad cien por cien. Después de su concierto cambié con ella algunas impresiones.

Primero la sorprendí sorbiendo un trago


Maika

y luego me sorprendió ella a mí posando para mi modesta e indefensa cámara con esta cara de mala:

Makovski

También me gustaron la solidez de Jorge y la finura de Jeff, bajista y guitarrista respectivamente de Aluminum Babe.
Y nada más que decir; salvo que, la segunda noche, los grupos supuestamente buenos tampoco sonaron nada bien, Sr. Espejo.

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Maika Makovski

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Aluminum Babe

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Astrud

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jueves, 13 de septiembre de 2007

Un artículo de León Molina


(Fotografía: Flora Molina)

Por su interés, y con el consentimiento expreso de su autor, reproduzco aquí un artículo del escritor y poeta León Molina, publicado hace aproximadamente un mes en la columna El Puente de la edición albacetense del diario La Verdad y en el blog que, bajo ese mismo nombre (http://elpuente.blogia.com/), reúne todas sus colaboraciones en el susodicho diario desde abril de 2006 hasta nuestros días.
No es (¿o sí?) exactamente un artículo sobre jazz; o, al menos, no exclusivamente; pero está vertebrado sobre la figura de uno de mis músicos de jazz predilectos: el inefable trompetista y vocalista Chet Baker.
En realidad, se trata de una crítica concisa, lúcida e incontestable al farragoso mercado del arte ("el arte como mercancía") en cualquiera de sus manifestaciones (poesía, cine, música, pintura...) a la vez que un audaz pero sereno llamamiento a la subversión, a la extrañeza, a esa dosis de "irracionalidad" o de "locura" que toda manifestación artística debe comportar para ser fértil y auténtica.
León Molina nació el 19 de abril de 1959 en San José de las Lajas (Habana, Cuba), pero vive en España desde los 8 años y en Albacete desde los 12. Estudió Filosofía en la Universidad de Murcia y es autor de los poemarios Señales en los puentes y El son acordado, ambos publicados por la Diputación de Albacete. Buena parte de su obra figura también en sendas antologías (Antología poética de autores albacetenses, Poetas de La Confitería...) editadas igualmente por la Diputación de Albacete y por la Universidad de Castilla-La Mancha.
Dicho lo cual, aquí os dejo con su artículo.

¡Gracias, León!



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Un país normal


Monumento a Chet Baker en Amsterdam,
por Jeroen Coert (en Wikipedia)


El gran trompetista de jazz Chet Baker sabía extraer de su instrumento sonidos aterciopelados y envolventes. Y lo hacía a través de composiciones que sin embargo se encuadraban por derecho propio en el revolucionario bebop que cambió para siempre el jazz y, seguramente, toda la música posterior. A veces también cantaba. Y lo hacía con una sorprendente voz aniñada y femenina que más que cantar susurraba viniendo a ser una extensión de los sonidos de su instrumento. Su mente torturada por problemas de personalidad y drogadicción encontraban en la música toda la armonía que faltaba en su vida. Escuchar en silencio y soledad un tema de Chet Baker es obtener la paz y cordura de la belleza bebiendo en las fuentes de la locura. Esta mágica trans
formación está en la base de una parte considerable de las obras de arte. El orden y la belleza nacen del caos y la confusión. Por eso encontramos con frecuencia artistas que andan realmente como perdidos en la vida ordinaria y muy mal dotados para resolver los problemas de orden práctico que esta, como a todos los demás, nos plantea. Para que surja la belleza hacen falta unas gotas de locura, o si lo prefieren, hace falta la irracionalidad de la sorpresa. La repetición de lo mismo, de los descubrimientos ya sabidos sin aportar novedades es aburrido y vulgar. Esto le pasa por ejemplo a la música de consumo que escuchamos a todas horas por la radio, o al cine desesperantemente tonto con que nos quieren machacar, o a la legión de poetas que escriben como alguien que ha triunfado mediáticamente, o al arte plástico chorra con ínfulas de trascendencia que ya casi nos hace pensar que hacer el idiota con un pincel es algo respetable si se le echa el morro y las poses necesarias. El arte como mercancía es el más íntimo enemigo del arte. Quizás por eso hay hoy en día un buen nivel en la poesía en nuestro país, porque ni los más grandes consiguen ganar un duro con ella. Esta necesidad de locura, de rotura del discurso sabido, puede incluso hacerse extensible al pensamiento en general en cualquiera de las disciplinas que se aplique, por lo que considero que el pensamiento, la cultura y el arte viven una época gris en nuestro país. Quizás se me podrían dar ejemplos de lo contrario, pero con toda probabilidad serían los frutos de algunos locos que tocan solitarios bellas baladas a la trompeta, mientras la mayoría se pone en los oídos tapones marca Bisbal. Lo normal es estéril y produce obras vulgares. Y nuestro martirizado país, por suerte, ya ha conseguido ser un país normal, por desgracia.

León Molina

Albacete, 9 de agosto de 2007.



miércoles, 12 de septiembre de 2007

¡Hasta siempre, Joe!



El pasado 7 de agosto, Joe Zawinul era ingresado en un hospital de Viena (la ciudad que le vio nacer en 1932) a causa de un tumor maligno (un cáncer de piel). Ayer, 11 de septiembre de 2007, fallecía. Hoy, en su Web oficial, tan sólo puede verse alguna que otra foto y leerse un escueto epitafio: "Joe Zawinul was born in Earth time on 07 July 1932 and was born in Eternity time on 11 September, 2007. He, and his music, will continue to inspire!" ("Joe Zawinul nació el 7 de julio de 1932 para el tiempo terrestre y el 11 de septiembre de 2007 para la eternidad. ¡Él y su música continuarán inspirando!").

Su legado musical es inconmensurable, desde sus magistrales y decisivas aportaciones a las bandas de Maynard Ferguson, Dinah Washingtong, Cannonball Adderley o Miles Davis a su labor al frente de Weather Report y The Zawinul Syndicate.

Sobran las palabras. Pero ahí queda su obra, con temas tan gigantescos como In A Silent Way o Birland.

Joe Zawinul ha muerto. ¡Viva Joe Zawinul!



Fotografía: Curt Bianchi, autor de la Web No Oficial Zawinul Online


martes, 10 de julio de 2007

When The Saints Go Marching In


Fotografía: Infrogmation


We are traveling in the footsteps
Of those who have gone before...


Sí, amigos. Tenéis razón. Lo siento. Se me ha ido el santo al cielo. Y a este blog le están saliendo telarañas. Y la sopa se está recalentando. Perdonadme. Es cierto que se me rompió el disco duro del ordenador y que hasta hace poco no han podido hacerle un transplante (aún no definitivo); pero también lo es que hay vida más allá de la red y que últimamente mi cabeza ha estado demasiado ocupada con otros muchos asuntos, y ahí no hay transplantes que valgan. Hay que ser lo que se es y estar donde se está.

Así que en estos casi tres meses de ausencia han seguido pasando cosas que difícilmente tendrán ya la cabida que yo habría deseado para ellas en estas páginas: el breve pero intenso XXVII Festival de Jazz; el desastroso conato de mesa redonda convocada por Zarangojazz y el Foro Artístico para debatir la situación del jazz en la región (a la que no asistieron, ni en cuerpo ni en alma, el periodista Ángel H. Sopena, el director del festival, Uli Deininger, y algunos de los músicos anunciados); la muerte, el 20 de abril, de un gran músico autodidacta, el mítico pianista y compositor Andrew Hill (hoy nos hemos enterado, por el diario El País, de la del no menos legendario tubista Bill Barber); las últimas jamsessions en La Muralla; el concierto de jazz realizado por el combo de alumnos de la Asociación Euterpe de Santomera a las órdenes de Carlos Sáez; las decenas de festivales de jazz desparramados por todo el país, entre los que egoístamente cabría destacar el X Festival Internacional de Jazz de San Javier, que ha dado ya comienzo; etcétera, etcétera, etcétera...

Pero ayer tuve un maravilloso encuentro que no puedo dejar pasar por alto: leí, en uno de los blogs que visito con frecuencia, http://azulcaleidoscopio.blogspot.com/, una magnífica crónica de un viaje a Nueva Orleans que, con permiso de su autora (gracias, Gloria, por tu generosidad), no me resisto a reproducir aquí. Leedla detenidamente, amigos y amantes del jazz, porque es esencia pura, una delicia:

Nueva Orleans. ILa ciudad donde la música era omnipresente.

Fotografía: Samuel Wantman


Llegada, llamado y decepción:
Llegué de madrugada desde Baton Rouge y los pantanos de Louisana, cansada y dispuesta a dormir... pero desde mi habitación escuché la grave voz de un saxofón callejero, suave y triste. No me quedó más remedio que salir para descubrir que justo estas eran las horas más vivas y vehementes de esta ciudad. Salí del hotel de la calle Decatur y en la próxima esquina, casi a las 2 am, tocaba el saxofonista. La gente pasaba casi indiferente, ya acostumbrada a oír música en cada esquina, pero yo me quede ahí durante un buen rato, oyéndolo, imaginando al Mississipi que podía sentir al otro lado de la calle, aunque el muelle y la niebla lo escondieran, y entendiendo que por fin estaba dentro de uno de mis sueños mas viejos.
De la Decatur subí hasta la famosa Bourbon Street, esperando encontrar una calle como la que recorría el vampiro de
Anne Rice recreado en la canción de Sting: una calle misteriosa y oscura, repleta de tugurios llenos de humo y jazz pero lo que me encontré fue completamente diferente.



Una serie de locales con luces de neón anunciando cócteles y karaoke, desde los que salían música pop, rock y country. Entré a uno de ellos en una calle cercana: el famoso "Joe O'Brien" que se supone es el restaurante más grande del mundo... Casi salgo corriendo cuando vi a los "músicos" vestidos de ceñidos trajes de lentejuelas que parecían una mala mezcla de Abba con los hermanos Osmond. Turistas de cara roja y sandalias con medias los aplaudían fascinados.., fui hasta el patio gigante lleno de mesas con sombrillas, compré un cóctel "Hurricane" su famosa bebida y salí de ahí despavorida.En la calle, multitudes alcoholizadamente felices, entraban y salían de los bares donde cantaban karaoke, y disfrutaban la vista que ofrecían rubias turistas que sobre las mesas se despojaban de inhibiciones y prendas de vestir.., todos portando como trofeos los collares de cuentas que se usan en el "Mardi Gras" ganados por sus atrevimientos o por su nivel de consumo. Este ambiente de fiesta, que quizás en otro momento hubiera disfrutado, me puso entonces profundamente triste. Me lo merecía por tener tanta expectativa e ideas fijas sobre esta ciudad que me recibía ofreciéndome lo contrario a lo que venía buscando. Me fui a dormir.


A la noche siguiente, un poco después de las 9, hice fila en la calle Peters, -que hace esquina con la Bourbon- para entrar al Preservation Hall, muy cerca del O'Brien. Lo único que sabía es que aquí había tocado Louis Armstrong, y también George Louis y Emma Barret. Había leído que era un lugar donde se preservaba el jazz tradicional de la ciudad. La casa parecía estar cayéndose a pedazos, a excepción del farol y la hermosa puerta de metal. Yo estaba curada de expectativas, después de un primer día maravilloso conociendo de Nueva Orleans lo que todo buen turista debe conocer, resignada al velo obligado que hay que cruzar antes de conocer realmente algo. Relajada, tomándome mi coctelito, escuchaba otro saxofonista callejero que por 1$ concedía peticiones; cuando tocó "Do you know what it means to miss New Orleans?", le dije que yo extrañaba a una New Orleans que imaginaba, y me regaló una enigmática sonrisa mirándome a través de sus lentes oscuros, protegido del neón forzado de la noche.Entré por fin al Hall, un pequeño cuarto rectangular con capacidad para no más de 70 personas, tres banquetas como de iglesia frente a una plataforma baja e iluminada tenuemente. El calor se aliviaba un poco con el ventilador de techo, las paredes viejas de las que colgaban fotos y dibujos sobre el jazz desde que este espacio era una galería de arte a finales de los 50. Me senté en el piso a centímetros de la plataforma mientras el pequeño cuarto se llenaba de gente. Poco después, entraron 6 viejitos con cara de aburrimiento y desapego: un clarinetista, un baterista, un pianista, un trompetista, un violoncelista y un saxofonista. Y así, sin mas presentación empezaron a tocar la consabida "When the saints go marching in" que ya había escuchado unas diez veces ese día. Entonces algo muy extraño pasó: poco a poco, una música que nunca había oído, -nunca así-, se me fue metiendo bajo la piel. Estos ancianos maravillosos hacían brotar de sus instrumentos, mundos enteros: metafóricos, metálicos, misteriosos… A veces me parecía estar oyendo el ritmo de una tabla de lavar, otras un látigo y un alarido, llantos rotos en bares de Storyville, protestas ahogadas en oraciones que aliviaban un dolor rabioso y marginado, el tambor frenético de un esclavo, un martillo sobre los rieles de un tren, los arrullos en los campos de algodón, repetitivas suplicas de huesos, la fe indispensable golpeando palanganas, el sonido vacío de las calabazas, la alegría triste de los funerales, la celebración de la entrada al cielo que a todo daba sentido.Sus rostros rejuvenecidos y transfigurados interpretaban solos por turnos, mientras los demás sonreían con la mirada perdida quizás dirigida a sus muertos o a sus secretos…, tocaban la misma canción de siempre como la primera vez, con toda la improvisación y la evolución constante que también ostenta la vida intensa.
Esa noche entendí que al jazz sólo se puede intuirlo, atisbar sus abismos, sospechar su inmensidad. En ese saloncito, lo incierto se regodeaba y se nutría al misterio, el tiempo se diluía y lo vital, lo humano encontraba expresión y abrigo.
Era cierto: al renunciar a las expectativas, finalmente encontramos o nos dejamos encontrar.


Azul Caleidoscopio, 7 de julio de 2007.
Esta inusual versión es para ti.

Un año sin Julio Muñoz

[Obituario publicado hoy en la edición impresa del Diario La Opinión de Murcia bajo el título 'Un año sin un emblemático bajista de ...